El presidente derrocado Manuel Zelaya duda de la sinceridad de EE.UU. con el papel que ha jugado en la crisis de Honduras. Hace tiempo que la llamada Doctrina Maisto se convirtió en una regla diplomática de gran alcance en varias capitales del hemisferio occidental. Resumiéndola brevemente, sigue los sabios consejos del antiguo embajador de Estados Unidos en Caracas, John Maisto, quien recomendó que es mejor ignorar las palabras del presidente venezolano Hugo Chávez para enfocarse en sus hechos.
Los acontecimientos de las últimas semanas en Honduras prometen un futuro importante para este enfoque diplomático. Los archivos de veneno retórico de Chávez son amplios pero tienen pocas muestras de ferocidad, al igual que su discurso frente a un grupo de nuevos embajadores en Caracas un día antes de la firma del pacto en Honduras. "Maldito imperio, mil veces maldito, algún día se hundirá en la historia negra", declaró.
En el mismo momento, Thomas Shannon y sus colegas torcieron el brazo del presidente de facto de Honduras, Roberto Micheletti, con la suficiente fuerza imperial para convencerlo, en todo salvo los detalles, de la restitución de Manuel Zelaya antes de las elecciones al final de noviembre.
Sin embargo, dejaron agujeros legales en el tema más importante: la formación del gobierno de unidad y el papel preciso del Congreso hondureño, que en manos intransigentes hundieron el pacto. De nuevo Zelaya y sus partidarios dudan de la sinceridad de Washington, y arrojan sospechas de que el espectáculo diplomático era un mero montaje para encubrir una enorme ambivalencia hacia el resultado de la crisis.
La apertura discreta de Obama a sus pares del sur podría enredarse en un número de Estados frágiles y territorios sin ley desde la frontera mexicana a la espina dorsal andina, un peligro que parece haber motivado y moldeado la creación de las siete nuevas bases militares estadounidenses en Colombia.
El golpe de Shannon en Honduras envío dos mensajes bastante innovadores: el primero, es una réplica al grupo de senadores y miembros del Congreso de la derecha política, que lograron ocupar los vacíos diplomáticos abiertos por la negligencia del Departamento de Estado. El lobby del gobierno de facto hondureño (por US$400.000, según The New York Times) y las visitas de numerosos republicanos y antiguos funcionarios de la administración de Reagan a Tegucigalpa, alimentaron las esperanzas del régimen local de que las sanciones de la comunidad internacional podrían ser revertidas.
Hay que ver ahora si la presidencia de Obama puede esforzarse en Honduras una vez más, y así confirmar la segunda novedad: desafiar la lógica primitiva de la polarización ideológica y geopolítica, que vio en el régimen de Micheletti: un dique contra la expansión del bloque bolivariano de Chávez.
Sin lugar a dudas, América Latina está polarizada: un océano de clases sociales y visiones de intervención estatal separan a los líderes de Bolivia o Ecuador de los neoliberales de Panamá o Colombia. Pero el instinto de la diplomacia de Washington para aliarse con élites estables y conservadoras es el reflejo de que la Doctrina Monroe no tiene más sentido en el nuevo contexto. La estética política tan lúgubre del régimen hondureño, incluyendo su estado de sitio, los toques de queda, los cierres de medios locales y los presuntos desaparecidos, todos mucho peores que cualquier acto represivo de Chávez, es seguramente la mejor prueba de que Estados Unidos debe cambiar sus amigos.
Por supuesto, el lenguaje de amistad no discurrirá nunca de la boca de los populistas de izquierda. Pero quizás un período de revisión mutua, con sus inevitables sospechas, podría empezar. Que la Doctrina Maisto tome el relevo ya que la Monroe se termina.